Seminario – Nuestro deseo no tiene nombre, nosotros tampoco. Políticas de desidentidad y conciencia subalterna

El próximo 12 de febrero (19.00), en el marco del ciclo “Deseo poscapitalista. Deshacer el final: el curso que Mark Fisher no impartió” comisariado por David Caño y Laure Vega en La Virreina. Centre de la imatge, Núria Gómez Gabriel y un servidor compartiremos la sesión “Nuestro deseo no tiene nombre, nosotros tampoco. Políticas de desidentidad y conciencia subalterna”. La entrada es libre y no requiere inscripción previa. Pincha aquí para ver toda la información de la sesión y el ciclo

Presentación de la sesión: La derrota de las estructuras de clase del siglo pasado no solo significó la disolución de una ideología, sino también la desaparición de un horizonte prometeico de transformación total. La desaparición de la clase trabajadora como punto de anclaje epistemológico y movilizador ha dado paso a una política de demandas fragmentadas, en que las identidades se ven forzadas a reconocer sus agravios dentro de un marco totalizante que homogeniza las luchas. Las interseccionalidades no logran imponer un espacio plural de resistencia y, más bien, son absorbidas por la lógica económica y corporativa, que eclipsa cualquier posibilidad de un momento político universal.

La conceptualización ahistórica de la clase ha dificultado tanto los procesos de autoidentificación en una sociedad posfordista como el análisis de las experiencias actuales de clase. La clase, lejos de ser una categoría fija y unitaria, debe ser entendida en su pluralidad, donde los sujetos ya no pueden ser reificados ni reducidos a etiquetas fijas. Fisher, sin caer en la simplificación de una clase homogénea, retoma la epistemología del punto de vista y abre el debate sobre los procesos de conciencia de grupo subordinado, la desidentidad como elección existencial y la creación de un deseo futuro, aún sin nombre, pero que se capta a través de destellos fugaces.

El malestar contemporáneo se ha dado por descontado en una sociedad que no logra proyectarse más allá de su propio orden. Pero esta «clasemedianización» de la lectura de Fisher, que lleva a una resignación política ante la supuesta imposibilidad de superar el estado actual de las cosas, debe ser rebatida por la acción política real. La política no pasa por la adaptación a las estructuras existentes, sino por su quema: la destrucción simbólica de las instituciones que limitan la imaginación, no como fin, sino como principio para crear nuevas formas de vida.

La fábrica es una pesadilla. Lo que se necesita hoy no es una reforma dentro de las estructuras del poder, sino una subversión radical que abra un espacio donde el deseo ya no sea una mercancía ni una espera pasiva, sino una capacidad de reinvención colectiva. Romper con la continuidad del presente es lo que permite la creación de nuevas condiciones de posibilidad, en que el futuro no está predeterminado por el capital, sino por una imaginación política que lo abre a lo inédito.

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