El próximo año se cumplen 500 años del fallecimiento de Maquiavelo. Y la editorial FILOSOFÍA&CO ha tenido a bien publicar este dossier de textos que he escrito sobre la obra del florentino a modo de homenaje.
Una pregunta ha tratado de ser respondida desde hace siglos: ¿para quién escribió El Príncipe? Una primera posibilidad es considerar que fue pensado como un tratado en el que Maquiavelo, observador y estudioso, se propuso reunir conocimientos y experiencias con el objetivo de ofrecer un conjunto de saberes a fin de orientar las acciones de “los grandes hombres”. Es decir, El Príncipe sería una entre tantas otras obras de la tradición conocida como “libros de consejo”.
Pero esta lectura se topa con una evidente paradoja: si el escrito se proponía servir al príncipe y, por tanto, contenía claves que habían de mantenerse a resguardo, en secreto, pues allí había orientaciones y métodos que los gobernantes habían de seguir para gobernar un pueblo, no se entiende entonces que Maquiavelo decidiese publicarlo, socializarlo, pues, al hacerlo, desvelaba, y con ello desvalorizaba, un saber que había de permanecer oculto. Es decir, desnudando el funcionamiento del poder, socializando sus mecanismos de funcionamiento, desenmascarando sus procedimientos y artimañas, desarmaba al príncipe.
¿Cómo pensar esta contradicción? ¿por qué Maquiavelo hizo público el texto? Maquiavelo hace público El Príncipe porque al mostrar cómo funciona el poder, busca que otra fuerza colectiva se active: el pueblo. Si bien Maquiavelo se dirige en su texto al príncipe, el punto de vista que adopta en su escritura es el del pueblo. No sólo descubre y muestra las formas de la dominación, sino que mostrándolas al pueblo entiende que puede convocar a la fuerza popular, a esa negatividad plebeya creadora de libertad.
Es conocido el ya canónico retrato de Maquiavelo realizado por el manierista Santo de Tito, en el que se muestra al florentino de perfil con una escueta sonrisa. Algunos vieron en ese leve movimiento de la boca la cumbre del cinismo. Creo, por el contrario, que no estamos ante una sonrisa cínica sino irónica, la de quien sabe que ha desnudado al príncipe mientras éste creía que había sido arropado con elaborados armazones técnicos y estratégicos.
Pincha aquí para acceder al dosier

